Tengo sus ojos en mis ojos. Los abro y los veo en lugar de la luz. Los abro y los veo en lugar de la noche, en lugar de las mujeres, en lugar del mar, en lugar de mis hijos, de la milpa, de la yunta, de los mercados, de las veredas; en lugar del fuego y las estrellas. Sólo veo esos ojos que me ven y no me ven. Es esa mirada del moribundo que sabe inminente la pérdida de su vida en cuestión de instantes y todo lo dice a gritos con ojos silenciosos.
Quiso preguntarme con aquellos ojos crucificados por qué lo había yo herido. Quiso encontrar un ser querido para hablar y despedirse. Quiso besar, comunicar un deseo, un mensaje. No pudo. Sabía que se iba y el miedo, la confusión y el coraje se agolparon en sus ojos. Se resistió hasta que ya no pudo defenderse. Se fue solo y desconsolado.
«Esos ojos me despiertan a la mitad de la noche, suplicantes, eternos, sorprendidos; me han quitado la paz», se repetía el asesino de José Guadalupe Montoya a tres meses de haber dado muerte al dueño de Los Limoneros a cambio de unas monedas que se encontraban en un saco de lona grisáceo, intocado, que olía intensamente a chapopote.
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